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La coinquilina scalza | Isabella Leardini

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http://www.eldorsodelascosas.javiersanchezarjona.com/la-coinquilina-scalza-isabella-leardini/

 

IT NEED scarcely be said, that an Epitaph presupposes a Monument, upon which it is to be engraven. Almost all Nations have wished that certain external signs should point out the places where their dead are interred. Among savage tribes unacquainted with letters this has mostly been done either by rude stones placed near the graves, or by mounds of earth raised over them. This custom proceeded obviously from a twofold desire; first, to guard the remains of the deceased from irreverent approach or from savage violation: and, secondly, to preserve their memory.1

Aquí, en el primero de sus Essays upon Epitaphs, William Wordsworth establece una relación intrínseca entre epitafio y monumento: el segundo es condición necesaria del primero –de la misma manera que sin la muerte no tendrían lugar ninguno de estos dos ejercicios de duelo–. La cosa, por tanto, antecedería a la palabra. Siguiendo el hilo argumental del texto, observamos, además, que esta relación de dependencia parece convertir al epitafio –que suplantaría históricamente, siempre según Wordsworth, a piedras o acumulaciones de tierra– en sinécdoque del monumento. Y, en una primera lectura, nos podríamos ver incluso tentados a establecer una analogía entre la relación que hay entre monumento y epitafio y la que existe entre los restos mortales del difunto y la memoria que de él hacen los deudos. Sería un error: en este caso no estamos ante una sustitución por contigüidad –una metonimia–, ni tampoco una sustitución por identificación –una metáfora–. Lo que se produce más bien –en un intento de resucitar al difunto– es una atribución a los restos mortales –inanimados por definición– de acciones y cualidades propias de un ser animado; es decir, una prosopopeya –que etimológicamente significa “conferir una cara”2.

La cara es precisamente el lugar en el que arranca el poemario La coinquilina scalza, de Isabella Leardini. Más concretamente Tra la fronte e gli occhi («Entre la frente y los ojos»), el título de la primera sección del libro. Este espacio intersticial es constitutivo del poemario: desde sus primeros versos, La coinquilina scalza, demuestra una intimidad corpórea, muchas veces visceral. Y desde este lugar incorporado se conjura un amor no correspondido de una manera tan orgánica como artificial: se imagina la despedida desde lejos de alguien a quien ni siquiera se llegó a abrazar. Una manera fantasmática de amor que en el primer poema es gástrica: el estómago –termómetro; origen y vertedero– recoge el despojo de los frutos que podrían haber dejado las estaciones a su paso:

Il mio corpo lasciato sul letto
al finire delle stagioni
torna allo stomaco,
dove ogni cosa nasce e si consuma,
preme come un temporale, il pianto
ma alle necessità manca l’attenzione.
«Che inverno lungo e che brivido attenderti»
la poesia di Caproni appesa al letto
come una preghiera.
Il fumo esce
ed entra l’ultimo freddo
mentre abbraccio la finestra
e arriva quel brivido
che è tutta la mia giovinezza
raccolta in una stretta
a chiudermi alle spalle
il cancello e le porte degli autobus.

Desde el primer momento La coinquilina scalza entronca con textos –de Anna Ajmátova, de Vittorio Sereni, de Milo De Angelis…– que abordan la espera, la despedida, la lucha interna que desata la distancia. En este caso es Giorgio Caproni, de quien se deshace, deglutido, un encabalgamiento: «Che inverno / lungo e che brivido attenderti» es la cita original del poema “Alba” de Caproni. Y es que en La coinquilina scalza el alba y el crepúsculo son lugares privilegiados para la amalgama que en el libro se proyecta: desde estos umbrales se subraya un nosotros que, en tanto que fantasma, es simultáneamente presencia y ausencia, dicho por un trasunto de yo –la compañera de piso– en pleno acopio invernal de ruinas –o en el escalofrío que aparece de repente en mitad del verano–. Así se recalca la espera, el cansancio de lo infructuoso, se identifican vientre e invierno, extremos unidos.

 

La coinquilina scalza | Isabella Leardini - grande
Milano: La Vita Felice, 2004

 

La figura de la que a lo largo del poemario hace uso la voz poética –la coinquilina– para crear sus fantasmas es, como observamos en el caso de Wordsworth, la prosopopeya: este poemario es un intento de animar a alguien ausente, diciéndolo. El matiz, la diferencia, es que este alguien ausente en realidad nunca estuvo presente: las presencias referidas son, en realidad, imaginadas. Y la cara, una especie de meandro, es el lugar al que siempre se acaba volviendo:

Così sparpagliate, le notti,
respirate dall’alto a luce accesa
un gioco scalzo dei giorni sul viso.

Por el «juego descalzo» del poemario se define la figura fantasmática –suma imaginada de restos de besos, de manos, de labios– de la compañera de piso descalza, que en algún momento se presenta, situándonos:

Io sono quella che di notte
ascolta tutti gli altri respirare,
ho bisogno di vegliare sulla casa

di girare frenetica su tutto…
Ma il mio momento è con i primi voli in fronte
dopo tutte le scale a piedi nudi
una ringhiera tra la notte e l’alba…
Ci siamo io, quell’uomo in bicicletta,
gli urli strani dell’estate e un po’ di freddo
a portare fino a qui la nostra ansia.

La coinquilina scalza se debate entre el presente y el pasado –presentado, encarnado–, entre el frío y el calor –que en este libro son monumentos, respectivamente, del invierno y el verano–, entre el día y la noche. Los títulos de sus cuatro partes –«Entre la frente y los ojos», «Después del verano», «Las manos», «La fiebre»– alternan cuerpo y sensación, espera y recuerdo. Este tiempo, estas estaciones –sensaciones–, estas horas del día, se confunden en un cuerpo que es también caja de resonancia: entre trenes, estaciones y besos al aire, la carne es escenario y monumento «nell’andarsene in memoria». Porque todo lo visceral, descubrimos, es referencia, al igual que el tú ausente, el otro necesario del nosotros, que, sin embargo, no concurre.

«Notti bianche a ricordare» cantavamo
tornando dalla Grecia
e non sapevi
che di notti bianche si sarebbe fatta
una resistenza interna di parole,
la virata degli inverni sotto i rami…
Non sapevi che una guerra non esplosa
può uccidere il respiro ad ora ad ora,
nel silenzio basso, quando arriva il treno,
un bianco da domenica che disfa
le foglie vena a vena per pensarsi
e un piatta serietà di lungomare
schietto e scomodo com’è
dopo l’estate.

Después del verano, la guerra fría, tensión irresuelta… Pero, ¿dónde está ese pasado que en realidad sólo se imagina? ¿No se evidencia así la falsedad de toda autobiografía? Y sin embargo, el ansia por realizar lo soñado no deja por ello de sembrar su huella indeleble en nuestro cuerpo:

Non è bastato tutto il fuoco del via vai
per toglierti dal cerchio dei miei polsi
la tua voce torna subito
a stronarmi dentro.

*

Pero volvamos al principio, a los ensayos sobre los epitafios de Wordsworth. Como apuntamos allí, siguiendo a de Man, la figura retórica fundamental es la prosopopeya –también en el caso de La coinquilina scalza. Y lo es porque el modo en el que Wordsworth compone sus ensayos y las estrategias que adopta no plantean una disyuntiva entre vida y muerte, sino que conjuga ambos extremos de la existencia. El epitafio es un lugar privilegiado para observar esta relación, esta convivencia con la muerte, frente a la muerte:

La pretensión de restauración frente a la muerte, que Wordsworth reivindica en los Essays upon Epitaphs, se apoya en un sistema consistente de pensamiento, metáforas y ficción, anunciado al comienzo del primer ensayo y desarrollado a lo largo de toda la obra. Es un sistema de mediaciones que convierte la distancia radical de la oposición o/o en un proceso que facilita el movimiento de un extremo al otro a través de una serie de transformaciones que dejan intacta la negatividad de la relación (o falta de relación) inicial. Por medio de ese sistema nos movemos, sin compromiso, desde la muerte o la vida a la vida y la muerte. 3

Así lo observa de Man en su ensayo “La autobiografía como desfiguración”. En La coinquilina scalza se adopta una estrategia similar, pero de una manera más artificiosa: proyectada –como venimos apuntando–. Como podemos ver ya desde el propio título, la voz poética se aloja en alguien con el que se comparte el hogar. Es desde este otro íntimo –que no es más que una figura fantasmática– desde donde se busca aunar presencia y ausencia. No nos encontramos ante un epitafio grabado sobre una piedra, sino ante una coinquilina que, al igual que el epitafio, se concibe como vínculo entre lo que queda tras una despedida y la relación que nunca existió –y que el artificio del poema busca tejer–. Y la constatación –trágica– de que sin tacto es imposible (re)establecer lo que la distancia separa y vuelve infructuoso es la que provoca la intensidad que reconocemos en el libro. Porque sin contacto no hay existencia:

Ho bisogno di toccarti per essere qui,
con il tono crudo della mia voce
e una dolcezza che mi taglia le vertebre.

Ambigua esta dulzura lacerante, presencia intestina reflejada en lo evidente del cuerpo que se imagina: la cara, las manos, los ojos, los labios, los fragmentos anatómicos que vertebran el libro. Un libro elegíaco tejido en torno a una despedida de una reunión que nunca existió –«I saluti da lontano sono quelli / che lasciano a lungo nei passi / il respiro di un abbraccio mancato.»–que tiene su reflejo en los ecos de estaciones pasadas –como el calor inusitado en pleno otoño–. Ausencia presente situada en el cuerpo –«…mani sul viso / in quella fame di futuro…»– en la fiebre y su tristeza.

Corri tutta l’estate in uno sguardo
e bevi ancora d’un fiato la sera,
tutto viene ad annerirmi gli occhi
scende in gola
come un caffè lascia il gusto e la sete.

Sabor y sed: presencia y ausencia. «Si vive come l’erba nei vasi, / il terrazzo la tv il giro di treni, / un respiro che si staca controvento…». No tiene confín la tristeza cuando se descubre que el nombre solo no sacia y que aún así cargamos en nuestro cuerpo con todo sueño, incluso con aquellos que nunca se realizaron

Avrei voluto rimanerti in testa
come un motivo che ti prende dal mattino
o quelle frasi celebri dei film
che tornano ogni volta come un bene.
Ti ho dato il nome… mille te ne ho dati
eppure non accende le mie vene
sapere che lo porti, non mi sfama…
Tu resti come un segno lungo il muro
che torna fuori appena cade un quadro,
rappreso tra le pieghe delle mani…
E forse ti dovrò sempre portare
nell’aria che si alza dove passo.

 

Imagen de cabeceraReflexions on a rainy day…, (detalle) © Tomas Castelazo, www.tomascastelazo.com / Wikimedia Commons / CC-BY-SA-3.0

 

Notas al pie

  1. Wordsworth, William, The Prose Works of William Wordsworth, W.J.B. Owen and Jane Worthington Smyser, eds. Vol. 2. Oxford: Clarendon, 1974.
  2. de Man, Paul. “Autobiography as De-Facement.” MLN 94, nº 5 (1979): pp. 919-930, p. 926
  3. «Wordsworth’s claim for restoration in the face of death, in the Essays upon Epitaphs is grounded in a consistent system of thought, of metaphors and of diction that is announced at the beginning of the first essay and developed throughout. It is a system of mediations that converts the radical distance of an either/or opposition in a process allowing movement from one extreme to the other by a series of transformations that leave the negativity of the initial relationship (or lack of relationship) intact. One moves, without compromise, from death or life to life and death.» (de Man, Paul. op.cit., p. 925.). La traducción es de Ángel G. Loureiro  (Anthropos: Boletín de información y documentación, ISSN 0211-5611, Nº Extra 29, 1991 –Ejemplar dedicado a: La autobiografía y sus problemas teóricos. Estudios e investigación documental–, pp. 113-118)

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